Seamos realistas… el matrimonio puede deteriorar tu amor propio. Bien sea que ames profundamente a tu pareja o sigas soportando ataduras, cuando no existe una conexión contigo misma, dejas de ser la mujer o el hombre, para convertirte en una pieza más del rompecabezas.

El hecho de casarte no quiere decir que hayas abandonado quien eres o lo que quieras ser en el futuro. Sin embargo, una que otra lo olvida entregándose por completo a una relación (que es lo correcto en teoría, no me lo tomes a mal) y arrojando sus sueños al vacío.

Es allí donde queda la importancia de apartarte por unos minutos y reflexionar. Es hora de, aunque suene paradójico, ponerte en tus propios zapatos y sentir de una vez por todas. Tu esencia no se acaba por ser “la señora de” y no deberías sentirte culpable por ello. ¿Cómo lo logras?

  • Creando una rutina para ti. Por más llena que esté tu agenda o tengas pilas de ropa por lavar y pañales por cambiar, asegúrate de incluirte en tu día a día. Tómalo de esta manera: cinco minutos para respirar, caminar o simplemente “existir”, resultan más sanos que un divorcio o decenas de sesiones con consejeros.
  • Explorando tus gustos. No permitas que la joven que disfrutaba cenar en lugares exóticos se vaya con la soltería. ¡Al contrario! Sé que con el matrimonio vienen un sinfín de responsabilidades, pero cuando te das el espacio para explorar o desenterrar tus gustos, tu energía cambia y te sientes más plena.
  • Consiéntete. Las mamás y esposas sufrimos del síndrome de culpa. ¡Suficiente! Ser mujer es más que parir y cocinar. Si encuentras placer en hacerte las uñas, el cabello o tomar largos baños en la tina, ¡entonces hazlo! Háblale claro a tu pareja… Si tú le das importancia a ese tiempo, él lo entenderá.
  • Apártate del camino. Sí, leíste bien. Cuando todo parezca ir hacia a ti, ve por el sentido contrario. En otras palabras, toma un tiempo para meditar y pensar. Evita los problemas familiares, peleas con la suegra, estrés de la casa, entre otros, hasta que puedas actuar con cabeza fría. Créeme, a veces es preferible apartarse que luchar contra la corriente.
  • Reconoce que no todo es color de rosa. ¡Pero tampoco blanco y negro! El matrimonio es como un camaleón, ¡se transforma dependiendo de la hora, el día y lo que ocurra a su alrededor! Como esposa, no puedes desgastarte pensando en qué hacer y qué no para arreglar cada situación del hogar. Las mujeres somos protectoras por naturaleza y sí, vamos a hacer todo a nuestro alcance para luchar y arreglar lo que podamos, sin embargo, tu estabilidad emocional depende solo de ti.
  • Toma un break. Somos madres y esposas 24/7 y ambos son roles agobiantes. Como dirían por ahí, es el trabajo más feliz y más arduo y a final de cuentas somos humanas. La constante preocupación, roces, angustias y de más, terminan afectándote, restándole rayitas a tu paciencia y autoestima. Si tienes que irte de tu casa por unos minutos, ¡hazlo! Siempre y cuando dañes a terceros con palabras o acciones y tus niños estén seguros, no temas irte del “campo de batalla” aunque sea para secarte las lágrimas a escondidas. 
  • Suelta. Hablando de lágrimas, llorar no te hace débil. El matrimonio, la vida en pareja y la vida de madre son cargas que se aceptan con mucho, mucho amor, pero que también te llenan de incontables responsabilidades. Suelta y deja ir lo que te presiona. Verás que ese par de lágrimas renovarán la guerrera que tenías dormida.